Mientras dormíais

Hay lugares en el mundo que a uno le cuesta imaginar vacíos, sin nadie que se adueñe de ellos aunque sea por unos instantes: una estación de trenes en pleno verano, un supermercado un viernes por la tarde, La Meca, un concierto del Boss. Un avión, cualquier avión…

Escribo esto desde la distancia del día siguiente en mi reloj biológico pero cuando aún es hoy en muchos lugares del mundo… ¡como si eso otorgase a mis escritos algún valor añadido! Pienso que, cada día que paso dentro de estos tubos metálicos que trasladan a millones de personas, mis pensamientos se entreveran con unos pensamientos y unos recuerdos que no son los míos. Que mi vida, durante unas pocas horas compartidas, se cruza con la de otros seres, quedando a veces ligadas de forma irrepetible. Que el paisaje humano con el me cruzo diariamente me enriquece, incluso en los momentos malos.

Si las butacas de los aviones hablaran, contarían intrincadas historias de sumas de coincidencias. Rememorarían amores quebrados, celebrados, recién iniciados. Adioses. Risas. Confusiones. Aciertos insospechados. Éxitos indeseados. Soberbios fracasos. El flujo del tiempo. Ese que siempre falta, que nunca se cansa y prosigue su camino, constante. Ese que a veces ansiamos estirar y otras quisiéramos borrar con un leve movimiento de la mano.

Si las «paredes» del avión pudieran, describirían a una mujer que nunca salió de su aldea. A lo sumo un día, tomó un colectivo hasta la ciudad para cambiar su existencia. Una mujer a quien no le importan los arrojos que tiene que echarle a dejar atrás su universo. Una mujer cuya mayor inquietud al subirse a ese enorme pájaro de metal que la aleja de todo lo conocido, es dejarse el bolso a mano porque en él lleva el papel para baño que pueda necesitar en esas 11 horas de vuelo que la separan de su nueva vida.

O a unos hermanos, cuya única suerte fue nacer con pocos minutos de diferencia. Que puede parecer una gota ínfima pero cuando el oxígeno no alcanza, esa gota de tiempo tuerce y retuerce los mundos que toca. Y los une indisolublemente a unas rutinas, unas ataduras, una vida inesperada. Y exige de unos padres reorganizar su planteamiento vital. No ya el inmediato, que se vuelve más laborioso, sino el futuro lejano, ése en el que ya no estarán. Ése en el que todos los cabos deben estar bien amarrados para no lastrar la vida del hermano que llegó primero y pudo abrazar una vida sin limitaciones.

Si las cortinas de los aviones tuviesen voz, describrirían a ese hombre que de niño consiguió un pasaje para huir de la guerra porque el pequeño, con esa aplastante lógica familiar de antaño, era quien más posibilidades tenía de probar fortuna. En ese nuevo mundo y en esa nueva ciudad donde las sinagogas acogen a los más desprotegidos, El Pequeño debe contribuir al bienestar de la comunidad. Él, que solo sabe cantar, entra a formar parte de un coro que lo recibe con alegría y cariño. Y le empuja a creer en sí mismo. Tanto que, con el tiempo, El Pequeño se convierte en gigante de la música. Y cada año, El Pequeño regresa, cual hijo pródigo, a la tierra que lo vio nacer y lo devuelve a sus raíces.

Si pudiesen, los asientos de los aviones comentarían acerca de quienes, por un quiebro de ese tramo del viaje que compartimos, pasaron de personajes a personas y ya nada los devolverá a su pedestal. Ni falta que les hace, porque el cambio de perspectiva y la cercanía les sienta sorprendentemente bien.

Hablarían de hombres y mujeres cuyo mayor deseo es darle un último adiós al lugar que los vio nacer. Ese que tuvieron que abandonar. Ese que llevan tan hondo que sus miradas se vuelven pura emoción cuando relatan su infancia, su tierra, su gente. Encogidos como solo puede estarlo quien ha cargado demasiados años con demasiado peso. En silencio, con resignación y sin queja.

De seres que se desploman sobre sus asientos dejándose vencer, sin nada que perder porque ya lo perdieron todo. Intentando olvidar su memoria.

De jóvenes con sueños de piernas cortas y vidas más cortas aún. Niños con madres y padres de entrega y tesón infinitos. Jóvenes cuyos deseos, por mediación de la dedicación y humanidad de algunos, se convierten en realidades de las que de forma repentina y fortuita, te vuelves testigo y figurante. Y por unos instantes te sientes más grande de lo que eres, porque el bien nos vuelve grandes, fuertes y hermosos, aunque no seamos ninguna de esas cosas.

De niños con la mirada cuajada de ilusión por un reencuentro tan ansiado que duele. Niños que te susurran al oído. Unos te agarran la mano con la fuerza de quien quiere un futuro con más certezas que incertidumbres. Otros desvían la mirada cuando les sonríes. Niños que avanzan por el pasillo del avión ligeros de equipaje, cargados de preocupaciones. Chicos que, absortos y sin levantar la mirada, escudriñan el interior de unas mochilas en las que llevan todo su mundo apretujado, parcelado. Viajeros precoces, pequeños héroes hechos de una pasta especial.

Si las ventanas de los aviones hablara, contaría límpidas vistas a la superficie irregular de la luna. Cielos cargados de nubes. Amaneceres oscuros y anocheceres irrepetibles. Momentos con la capacidad contradictoria de henchir mi espiritualidad, volviéndome invencible y, simultáneamente, devolverme al lugar que ocupo en la creación.
Una mota de polvo que atraviesa un rayo de luz.
El olor indescriptible de una lluvia lejana.
La grandeza y nimiedad de nuestra trascendencia vital.

6 Comments

  1. Antonio Escobar 7 octubre, 2019 at 07:51

    Queda muy bien explicado, con lo difícil que es…

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    1. Nat 7 octubre, 2019 at 08:00

      Gracias, Antonio. Lo difícil no es tanto explicarlo como mantener la compostura en determinados momentos.
      Pero el lado humano de nuestra profesión es de lo mejor que nos llevamos a casa. Eso y las vistas.

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  2. Patrizia 7 octubre, 2019 at 14:31

    Preciosas reflexiones, Natalia: sensibles, respetuosas y delicadas. Una delicia de texto. Gracias.

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    1. Nat 7 octubre, 2019 at 15:19

      ¡Gracias Patrizia! Viniendo de ti, el comentario se agradece el doble.

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  3. Ana hebreeo 11 octubre, 2019 at 21:23

    Impresionante sensibilidad! Resultaría difícil relatarlo de una mejor manera!
    Vaya faceta la tuya! Un 11 y mi admiración!

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    1. Nat 12 octubre, 2019 at 10:21

      Me alegra que te haya gustado, Ana, aunque se han quedado muchas cosas en el tintero.
      Un cuanto a la faceta, en aviación nadie mejor que tú para saber cuantas facetas tenemos además de las que improvisamos:)

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