Hoy no es un día cualquiera

Fue hace algo más de cinco años.
Mi vida, eso que supuestamente me sucedía mientras yo estaba ocupada haciendo otros planes – Lennon dixit – se había convertido en una gigantesca peonza desbocada. Los días se me haciendo balance del pasado, temiendo el presente y sin la más remota idea acerca del futuro. Mi futuro.
Entonces, un día, eché a andar por nuestra maravillosa Casa de Campo con un lugar concreto en mente. Los grandes espacios siempre me ayudaron a pensar y eso es lo único que necesitaba. Pensar sin interferencias, sin satélites infantes ni teléfonos ni vecinos entrometidos, ni madres solicitas. Para volver a ser yo, únicamente yo, aunque fuese por un breve espacio de tiempo.
Era el final de la tarde. Se levantó algo de viento.
Miré hacia la Sierra de Madrid, cogí aire y empecé a correr.
Porque me lo pedía el cuerpo. Porque al menos eso no escapaba a mi control: la decisión de caminar o correr, derrumbarme o levantarme, la tomaba yo.
Y la sensación fue increíble.
Porque el aire azotaba mi cara. Porque me sentía libre otra vez.

Así fue como incorporé el correr a mi vida.
Sin saber si era realmente lo que quería.
Encontrando mucho más de lo que esperaba.
Aprendiendo día a día.
Y ganando, a pesar de los fracasos, siempre ganando por haber empezado a echarle kilómetros a mis piernas.

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