Huésped de Corazón. Viajeros socialmente responsables

Hoy he vuelto a correr por el malecón. He vuelto a sentir el mismo calor, la humedad de siempre.
Pero hoy, además de las gallinas que se suelen concentrar al pie de las escaleras de acceso a la calle de las Damas, me ha acompañado durante toda la tirada la imagen de un niño al que he visto dormido en un banco.

No serían más de las 6.30 de la mañana. No aparentaba más de 10 años.
Llevaba una camiseta de rayas blancas y negras sucia y maltrecha. Pero lo que más me ha impactado no era su aspecto, ni su ropa, ni siquiera el aire plácido que tenía al dormir. Lo que realmente me ha sobrecogido era el hecho de estar solo.
Durmiendo.
Solo.
En la calle.

Al regresar al hotel no me queda más remedio que asaltar el ordenador.
Y descubro a qué está destinado parte del dinero de esas tarjetas navideñas que siempre compro y nunca escribo.
Unicef desarrolla varios proyectos en República Dominicana. Unos relacionados con la salud, otros con la educación, la concienciación o la implicación de empresas. Otros más con la protección de niños frente a abusos, explotación y violencia. Los hoteles adheridos al programa Huésped de corazón, firman un código de conducta que conlleva una política social corporativa de protección de la niñez, la formación de su personal y la financiación de iniciativas contra la explotación sexual comercial infantil. Estos hoteles comparten este reto con sus clientes informándoles sobre el programa e invitándoles a colaborar con una microdonación durante su estancia en el hotel, para así convertirse en un Huésped de Corazón.

Localizo a Cristina Alonso, que lleva un año y medio viviendo en República Dominicana, primero trabajando para Oxfam y ahora para Unicef. Me descubre una realidad que me espanta.
Detrás de la postal de la playa de ensueño con sus palmeras y sus aguas cristalinas, detrás de los resorts «todo incluido» y de la Presidente helada se esconde una realidad mugrienta.
Triste.
Desalmada.
Pero sobre todo, reversible.

Porque en esos recovecos que tiene el talud del malecón por el que corro existen pequeñas cuevas con decenas de niños. Algunos han establecido ahí su morada. Otros solo pasan por ahí. Bajan, engañados, y descubren el significado de la palabra abuso.
Son niños que un día huyeron de sus casas, hogares desestructurados con un elevado índice de violencia intrafamiliar. Niños que salen adelante con los escasos pesos diarios que consiguen ejerciendo de limpiabotas. Cristina sigue abriéndome los ojos. La tasa de embarazos adolescentes —niñas de entre 14 y 18 años — es del 22%. Me llama la atención que muchos de estos  embarazos son buscados. No ocurren por desinformación o falta de acceso a preservativos. Son voluntarios, una elección de forma de vida — salir de sus familias de origen y crear una propia, a menudo con hombres mucho mayores que ellas, que no dejan de ser meras niñas —. Cristina me aclara que en los casos de embarazos de niñas de entre 10 y 14 años, sí se trata de abusos. También me cuenta que los niños de la calle no solo consumen el pegamento como una droga sino para dejar de sentir hambre.
Esa misma noche Cristina me lleva a la parte colonial de Santo Domingo. Unos amigos han organizado un concierto y una pieza teatral sobre la noche de San Juan. Los niños de la calle se suman a la velada que finaliza con el tradicional salto por encima de la hoguera. Todos escribimos un deseo en un trozo de papel, lo viejo que queremos dejar atrás, lo nuevo que deseamos que venga. Lo tiramos al fuego para que, al convertirse en humo, nuestros deseos lleguen antes hasta los dioses. Me pregunto cuántos de esos niños limpiabotas que se han sumado a la fiesta habrán deseado lo mismo que ese pequeño que, tras ser preguntado, me contestó que su mayor deseo era volver a ver a su mamá...

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