Una proposición indecente

Hay proposiciones que ni aunque te las haga Robert Redford en sus mejores tiempos hay por donde cogerlas porque, bajo su aparente inocencia, esconden una indecencia brutal.

Hay veces que hay que saber decir NO porque, la piel de cordero —un fantástico día invernal de cielo azul y aire frío y vigorizante— esconde un lobo de dimensiones prehistóricas. El sol, que a duras penas caldea el ambiente, logra que, por un momento, te creas la reina del mambo en bicicleta.

Pero no.

El predador sigue ahí, acechando.

¿El lobo camuflado? Haber cruzado el charco desde México hasta España hace unas horas. El Puerto de Canencia que, sin ser el Kilimanjaro, para una servidora que está volviendo a las pedaladas tiene su miga, no es de recibo después de haber subido el Cerro de San Pedro por Peña Real. Menos aún si por primera vez en su vida servidora está intentando entrenar con cabeza y no solo con coraje y corazón, por no mentar otras cosas… Y menos aún cuando servidora necesita coger base aeróbica y no ponerse de 0 a 100 en pocos segundos. Todos sabemos que los porcentajes de inclinación y los biorritmos cambiados no son una buena combinación.

© 2016 Debourcieu Photography

Así que esta vez, cuando con voz meliflua mi compañero de ruta me ha soltado un “te propongo una cosa: subir a Canencia para alargar un poco la salida y rodar una horita más” no lo he dudado ni un segundo. “No, gracias. Si a ti te apetece, dale. Nos vemos en Cerceda”.

Esta vez no he caído en la trampa, ese autopique que me impongo de querer seguir el ritmo de quienes llevan bastante más tiempo que yo en esto del multideporte. Me encanta subir de revoluciones, es más, creo que es lo que realmente me pone del deporte.
Me gusta «sudar la camiseta», sufrir y aguantarme.
Me gusta sentirme viva, saber que me estoy moviendo, que puedo con todo.
Me gusta apretar los dientes y seguir adelante.
Pero ahora toca un entrenamiento más sosegado así que me contengo y dejo pasar ese tren.

No aparto el desafío de mi camino.

Solo lo pongo en pausa.

Eso me digo, para no sentirme como una abuelilla.

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